23/04/2009
No cabe duda que Dios tiene raras formas de hacer las cosas. ¿Por qué lo digo?, el pasado 14 de abril; al menos en teoría, debía recibir mí primer pago por mes y medio laborando en la VG de la PGR, pues así está estipulado en la normatividad interna, pero resulta que no llegó mi cheque y ¿cuál fue la razón?: una copia mal hecha. Y es que mi credencial de elector tiene una pésima calidad en la fotografía y no es nítida a la vista, imaginen una fotocopia: no se veía nada. Como sea, mi pago se retrasaría 15 días más y yo no podía hacer nada, ¿a caso estos tipos consideran que por tener 23 años, ser soltero y vivir con mis padres no tengo cuentas por pagar? Por el coraje me dio diarrea y es que contaba con el dinero; además de pagar mis cuentas, para darme una escapada de fin de semana... todo se fue a la goma. Además, no tuve tiempo de ir a mi casa a comer y en la cartera no traía más que lo necesario para llegar a la casa. Para colmo, tenía trabajo y salí tarde, el tránsito estaba a vuelta de rueda y el metro se quedó estático por 10 minutos en la estación Centro medico... uno de los peores días de mi vida. Con todo lo malo que me pasaba vino una luz que calmó a la bestia. En la estación Chabacano; que también se tardó bastante en llegar, subió un chavo; no mayor a mí, y se puso a tocar para ganarse unas monedas, se preguntarán qué tiene esto de relevante, es algo muy común, este personaje era un violinista... y de los ¡buenos! Equipado con una grabadora, un violín azul con huellas de desgaste en la pintura, mochila al hombro y con una gran sonrisa, el joven se presentó y empezó a tocar. Hasta que no empezó a tocar lo miré, me quité el audífono de mi oreja y me deleité con su melodía: una extraña mezcla de música clásica y onda disco, pero era genial. Al terminar la primera canción; insólito, toda la gente del vagón aplaudió, y los que ya se retiraban se acercaban a el para darle una moneda (generalmente es al revés ¿no?). Prosiguió con otra melodía, igual que la anterior dijo el título y compositor de la canción, interpretó su melodía, la gente aplaudió y los que debían bajar pronto se acercaban a darle alguna moneda. Estábamos en Xola. Finalmente, el violinista se despidió con una adaptación de los Beatles, no recuerdo el nombre, y ni tiempo de preguntarle, había llegado a mi destino. Previamente, busqué en las bolsas del pantalón alguna moneda, suerte para él encontré una: dos pesos... a peso la canción. Corrí de un extremo del vagón al otro, la alarma se dejó escuchar, llegué con el violinista, le entregué la moneda, el timbre paró, sólo le dije: bonita canción, y de un brinco salí del tren que por nada se queda con mi mochila...
Llegué a mi casa 30 minutos tarde, mi mamá me preguntó cómo me había ido, y yo le respondí con una sonrisa en la boca: "Bien, ¿qué hay para cenar?"
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