Cuenta la leyenda que los grandes alquimistas eran capaces de cambiar la forma de la materia con sólo extraer el alma de los objetos, animales o personas, y en las noches de luna llena darle forma de algo diferente…
En un tiempo cercano a este, existía una niña como cualquier otra: con sueños e ilusiones, con virtudes y defectos, con pros y contras, con todas esas pequeñas imperfecciones que te hacen única e irrepetible. Un día la joven María se percató que a fuera de su ventana; en las copas del árbol más alto de su jardín, se hallaba el nido de una familia de cuervos, conformada por la mamá y el papá cuervo, y de vez en vez el sol marcaba el reflejo de lo que parecía un huevo: la familia parecía completa.
Sucedió poco después de haberse percatado del nido, María paseaba por el jardín de su casa, y encontró mal herido al uno de los cuervos, aparentemente había caído del árbol y se había roto una da las alas, pues aunque lo intentaba no podía volar. La niña sintió pena por el pequeño cuervo y decidió llevarlo a su cuarto para curar su ala, pero al recogerlo, miró el nido donde estaba posada la pareja del cuervo caído: graznaba y aleteaba, más fuerte mientras María se alejaba con el ave entre sus brazos.
Pasaron un par de semanas, el cuervo se limitaba a comer y mirar a la ventana. María pesó que quizás extrañaba la compañía de su pareja, por lo cual creyó que si hablaba con él haría más fácil la recuperación del ave y así lo hizo por el tiempo restante de la recuperación del pequeño cuervo. Restaurada el ave, María decidió llevar al cuervo a su nido, trepó el árbol y lo depositó en su hogar ante la mirada del otro cuervo; que se mantenía a la expectativa, se limitaba a mirar.
Después de aquello María siguió con su vida, pero un día se dio cuenta que el cuervo se había posado en su ventana, fue ahí cuando María se percató que la mirada del cuervo era especial: era tan profunda, tan parecida a la mirada de un enamorado no correspondido, tan triste, de una melancolía en un tono gris… María se acercó a la ventana pero antes de poder abrirla, el cuervo hizo una mueca parecida a una sonrisa, giró la mirada al lugar donde descansaba el nido y María vio con sorpresa en dirección a la copa más alta del árbol más alto: el nido había desaparecido.
El tiempo pasó tan rápido como siempre; María ahora tenía 24 años, es una mujer hermosa, alegre, con metas, decidida y llena posibilidades para vivir… Un día mientras paseaba por el parque cercano a su hogar, María se recostó a las faldas de un gran árbol, el viento era fresco y con fuerza secaba las lágrimas que recorrían el rostro de María, -¡eres un maldito, no merezco algo así!-, se pudieron escuchar tan quedas estas palabras, la siguiente lágrima amenazaba con rodar fuera del rostro, -señorita, ¿está usted bien?- dijo una voz a María, -¿Por qué una joven tan hermosa está tan triste?- continuó la misma voz.
María levantó levemente el rostro y lo primero que vio fue un pañuelo desechable, -tome esto y limpie su rostro-, María tomo el pañuelo sin poder mirar el rostro del amable joven, el cual dijo: -apuesto que debajo de toda esa tristeza hay una hermosa sonrisa-, María sonrojada respondió: -¿cómo puede usted saberlo?-, y el joven con un tono que reflejaba alegría –porque desde niña la has tenido-. Estas palabras hicieron a María voltear el rostro y quedar impactada en la profundidad de una mira gris.
Dedicado María Isabel Gutiérrez Cortes por su cumpleaños, felicidades.
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